Hoy quiero rendir un homenaje sentido a Francisco Javier Caricatto, quien lamentablemente hoy parte a otro plano de la vida. Una noticia que pesa, que entristece y que inevitablemente nos invita a recordar.
Recuerdo con claridad el primer encuentro con Javier —así, simplemente, como lo llamábamos en la Escuela de Arquitectura de la José María Vargas—. Era un joven arquitecto que, junto a su esposa, Cristina von der Heyde, también hoy ausente, resonaba con fuerza en los talleres de diseño de la Universidad. Ambos formaban parte del reconocido Equipo 18, junto a nombres como Andrés Macowsky, Daniel Cohen, Enrique Rojas, entre otros arquitectos que marcaron una época.
Mi primer acercamiento con él fue en la materia de Crítica de Arquitectura. Aún puedo verlo: un arquitecto culto, reflexivo, que hacía de la enseñanza un acto casi performático. Aquella primera clase no fue convencional; fue un gesto, un trazo, una declaración. Dibujó en la pizarra toda una lección sobre la experiencia y la crítica en arquitectura, como si el pensamiento se materializara en líneas. Ese semestre quedó grabado como uno de los más formativos de mi trayectoria.
Años más tarde, ya dedicado a la docencia en la Escuela de Diseño La Florida, me reencontré fugazmente con Javier y Cristina. El tiempo siguió su curso, y más adelante llegó la noticia de la partida de Cristina, dejando una huella de silencio en quienes los admirábamos.
Pero fue en el año 2021 cuando se dio nuestro acercamiento más significativo. En el regreso a clases en la FAU UCV, mientras yo ejercía como profesor contratado, coincidimos nuevamente. Gracias a mi gran amigo y colega Enrique Rojas, y junto a compañeros de formación como Ramón Fermín y Joel Gascón, comenzamos a compartir conversaciones casi diarias: sobre arquitectura, sobre oficio, sobre la vida.
En ese contexto surgió la convocatoria al Concurso de Oposición. Recuerdo cuando Javier me preguntó, con natural interés:
“¿Vas a concursar, Alejandro?”
Y yo respondí, sin titubeos: “Así será.”
Él, con esa mezcla de firmeza y generosidad que lo caracterizaba, me dijo: “Cuenta con mi apoyo.”
No era un gesto de influencia, sino de confianza. De esos impulsos silenciosos que sostienen y orientan.
Pero hay un momento que hoy vuelve con especial nitidez. En medio de mi preparación, una tarde salí a tomar un café con mi esposa cerca de casa. Ella me dijo: “Aquel señor te está llamando”. Al girar, allí estaba Javier, sentado, disfrutando su café con calma. Me acerqué, nos abrazamos, y hablamos.
Me preguntó cómo avanzaba. Le confesé mi duda: no sabía si afrontar la prueba desde lo manual o lo digital. Entonces, con la sencillez de quien sabe decir lo esencial, me respondió:
“Alejandro, confía en ti. Tú eres muy bueno para esto. Tienes una gran capacidad para expresar tus ideas con la mano. Confía en ti. Tú puedes.”
Y así lo hice.
Luego de aquel encuentro —de aquella conversación casi casual en una panadería— vino el concurso. Y lo demás, de alguna manera, vino por sí solo. Presenté mi prueba como sentía que debía hacerlo: de manera manual, con lápices, marcadores y creyones; a regla y escuadra, como decíamos. Con la mano, con el pulso, con la convicción.
Hoy entiendo que ese momento no fue casual. Fue una reafirmación. Una forma de volver a lo esencial.
Y también fue la voz del profesor que, años atrás, en un aula, nos dijo con convicción:
“Ustedes son arquitectos.”
Y lo éramos —porque él sabía verlo antes que nosotros.
Hoy lo recuerdo desde esos fragmentos: desde la palabra, desde el trazo, desde la enseñanza que permanece más allá del tiempo.
Javier, sé que ahora habitas otro plano, quizá más sereno, quizá más amplio. Nos harás falta, sin duda.
Pero algo de ti queda en cada uno de nosotros: en la forma de pensar, de dibujar, de enseñar.
Sigue dibujando un mundo mejor, desde donde estes.
Arq. Alejandro Linares
Imagen superior: realizada por Javier Caricatto, al cumplir un año de su gestion.
