Rendición de Cuentas de un Profesor de la UCV

Apreciados amigos y colegas de la APUCV-FAPUV, animado por compartir nuestros testimonios en esta hora aciaga para las universidades autónomas venezolanas, me atrevo a transmitir mi caso en primera persona, sin otro objeto que apoyar con humilde ánimo las acciones de nuestro gremio y de la Institucionalidad universitaria. Espero que este testimonio pueda servir a mi Asociación gremial para compartir en todos los medios de difusión posibles.

El próximo 17 de junio se cumplirán 40 años del Concurso de Oposición por el cual obtuve el cargo de Instructor a Tiempo Completo en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV, para dar clases de Historia de la Arquitectura. A mis 28 años y siendo Arquitecto desde 1977, había decidido hacer la llamada Carrera Académica, en vista de las ventajosas condiciones de trabajo y de una vocación estimulada por los excepcionales profesores que me habían evaluado. En esa condición cumplí seguidamente con los reglamentarios cursos de Formación y Capacitación Pedagógica, exigencia con la que la UCV cuida la excelencia de su personal y de su propia reputación. Mi sueldo de entonces era un poco más de cinco mil bolívares, que alcanzaban y sobraban para las expectativas y necesidades personales y académicas de entonces. Hasta me casé a los dos años con una brillante profesora de Comunicación Social, y entre los dos cubríamos los gastos de aquella familia incipiente. En 1984 me aumentaron a Exclusiva la dedicación, como parte de la política universitaria dirigida a fomentar la investigación mediante las altas dedicaciones. En 1985 presenté mi primera investigación de ascenso, pasando como Asistente a ganar algo más de siete mil quinientos bolívares mensuales, un incremento de casi 50% del sueldo inter-escala.

Al comenzar la siguiente década, mi esposa pudo retirarse del trabajo para atender los hijos, entre otras razones porque mi sueldo alcanzaba hasta para pagar el préstamo hipotecario al IPP-APUCV, el cual nos ayudó a comprar nuestra casa en San Antonio de Los Altos. Incluso podíamos salir de vacaciones, comer en restaurantes, tomar helados, ir al cine o comprar libros y revistas. Y pude cursar las materias de dos postgrados en mi Departamento de Historia y Crítica de la Arquitectura, para partir con mi familia en 1993 a la Universidad italiana de Florencia, en donde debía ganar el Concurso para tener derecho a cursar el Doctorado en Historia de la Arquitectura y el Urbanismo. Si no lo ganaba, debíamos regresarnos.

Fui el primer extranjero que obtuvo ese derecho en ese Doctorado de la universidad florentina, en el que se inscribieron 70 italianos, y el único ucevista que lo ha cursado allí hasta ahora, gracias al apoyo de mi esposa y de mis hijos, y a la formación recibida por los profesores de mi Departamento, de mi Facultad y de la UCV. Ésta me envió allá con una Beca-Sueldo de 2.300 $, del Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico y cuatro años después, en 1997, fui a la Universidad de La Sapienza en Roma, para la defensa de mi tesis doctoral, que resultó una de las pocas aprobadas.

Aquel esfuerzo familiar fue recompensado y ampliado desde entonces con otros reconocimientos institucionales, investigaciones de ascenso, publicaciones, premios, hasta recibir en 1999 el de la APUCV y la Asociación para el Progreso de la Investigación Universitaria-APIU y en 2005 el del FONACIT, en ambos casos por la mejor investigación en Ciencias Sociales, un raro arquitecto ganando premios en Ciencias Sociales…

Sin embargo, desde 1983, cuando el gobierno de entonces impuso la Ley de Homologación sin consultar a las universidades, ya menguaban los sueldos de los profesores en todas éstas, fuesen autónomas o sumisas a los gobiernos. Esa reducción sistemática del pago por nuestro trabajo, no ha dejado de efectuarse puntualmente año tras año desde entonces, según una relación inversamente proporcional entre los montos descendentes de sueldos, tablas salariales, remuneraciones, bonificaciones o primas, y el aumento en progresión geométrica de los costos para gastos personales y familiares: alimentación y mercado en general; vestido y calzado; servicios y otros gastos en la vivienda propia o alquilada; atención médica y de medicinas para todas las edades; educación en los sucesivos niveles educativos; transporte y adquisición y mantenimiento de vehículos; descanso y recreación: las famosas “condiciones de vida”, pues.

No obstante, las esperanzas de que esas injusticias serían superadas demostrando que la UCV no había perdido su dinero al financiar mi formación, me dieron sostén para la auto exigencia y el rigor académico. Creo que este es un capital que muchos profesores universitarios hemos acumulado junto con nuestro ejercicio de la Crítica como disciplina, del pensamiento independiente de líneas partidistas, de la absoluta libertad de cátedra, de la Ciudadanía como educación más allá de la instrucción, de la ética profesional y académica, del Ser republicano y del espíritu democrático, a pesar de la disminución y devaluación de lo que se nos paga: un doble castigo por ejercer tanta libertad. A pesar de ese irrespetuoso abuso de poder, en veintidós años los partidarios del gobierno usurpador no han logrado obtener votos suficientes en ninguna elección en las universidades autónomas, una muestra rotunda de que los profesores y estudiantes siguen siendo mayoritariamente pensantes y críticos. Y los profesores estamos orgullosos de haber ayudado a formar a esa población pensante y crítica. Lo hemos pagado “con sangre”.

Ya desde 2005, lo que la UCV me pagaba no compensaba los esfuerzos realizados, ni alcanzaba para sostener la mediana calidad de vida que había logrado en el siglo anterior. Sin que importase mi cumplimiento con creces de las obligaciones reglamentarias, no ha cesado de devaluarse aquel sueldo, hasta ser lo miserable que es hoy. Cuarenta años dedicados a una cantidad incalculable de horas de docencia para cientos de estudiantes de pregrado y postgrado; a numerosas investigaciones sobre desconocidos temas de historia de nuestra arquitectura venezolana (es decir de nuestra Cultura, que ahora resulta no ser “prioritaria” para esta autodenominada revolución). Cuarenta años aportando numerosas publicaciones en libros y revistas arbitradas nacionales y extranjeras; ponencias en eventos científicos nacionales o extranjeros; tutorías y asesorías en pregrados y postgrados; siendo jurado en concursos en numerosas instituciones o en Trabajos de Grado o Tesis, o árbitro de publicaciones; consignando Informes para Comisiones de administración académica u organizando o participando en eventos científicos, coordinando nuestro Departamento o nuestros cursos de postgrado; etc. Los profesores que hacemos todas esas cosas, no somos solamente “trabajadores docentes”, como simplistamente y desplegando tanta ignorancia nos catalogan en las actas-convenio oficialistas. Aunque con gusto rendimos honor con verídico espíritu igualitario a la tarima, los pupitres y la tiza (Rogelio Altez dixit, 2021). Hacemos todo eso por nuestra principal misión universitaria: producir, compartir y difundir el Conocimiento, labor de la que no tienen ni idea los sucesivos ministros de “educación universitaria” y sus cohortes de lastimosos funcionarios.

Ahora, en este fin de carrera académica y a punto de solicitar mi obligada jubilación, cuando mis hijos escogieron buscar trabajo entre otras fronteras; cuando año tras año la casa se nos volvió silenciosa y vacía y en ella hacemos rendir más que nunca las provisiones, las medicinas o los productos de limpieza; cuando en este siglo no hemos podido comprar ni un libro y nuestros vehículos de comienzos del milenio languidecen por no poder repararlos. En esta circunstancia, digo, en que la retribución mensual por cuarenta años formando a varias generaciones de arquitectos, no alcanza los diez dólares mensuales; cuando ya casi no se imprimen libros en mi Universidad ni se financian viajes para intercambios, ni para cursos de postgrado en el exterior, no logro imaginar cuándo será reconstruido el pasillo techado de la Ciudad Universitaria de la UCV, símbolo caído -como el viaducto de la autopista- de todo lo que hemos perdido.

La Universidad Central, que pronto cumplirá trescientos años de sus inicios como Real y Pontificia, refleja todos los sombríos problemas de la sociedad venezolana sin lograr iluminarlos con su candil. Su dolor es el de todos los habitantes de esta Alma Mater, pues su enfermedad tiene de fondo lo mismo que ellos: la Educación. No va a sanar por ni para sí misma, pues ella existe en función de que la nación subsista, resurja en la siguiente etapa histórica que debe cumplir, ya la actual finaliza por desgaste. De lo poco que he aprendido de Historia confío en lo inevitable de la periodización, en el inexorable movimiento social que se alterna en vez del estancamiento agotador de los clichés gastados, las frases huecas o los eslóganes vacíos, en vez de la eternización artificial de modelos, estados o gobiernos. Estos últimos lograrán mantenerse en el poder mientras distraigan a la población en sobrevivir el día a día y vaciando de contenidos los hechos y personajes de nuestra historia. Pero es inevitable que las nuevas generaciones formadas en las universidades autónomas, superen el letargo y la neutralización y dirijan la superación del estancamiento. En ese nuevo periodo, las universidades tendrán un rol principal, van a retomar, en un cercano momento y con sus legiones de valores ciudadanos, el protagonismo para orientar la reformulación profunda que se aproxima. En casi todas partes ha pasado así, desde que las universidades existen.

Una nueva formulación de la educación a todos sus niveles ayudará, antes de que nos demos cuenta, en esa tarea en la que las universidades reasumirán su rol dirigidas por los mejores jóvenes con quienes hemos compartido aulas e ideas, dudas e incertidumbres, proyectos, experiencias y utopías, deberes y derechos, valores y ética. El reconocimiento a quienes nos dedicamos con responsabilidad en nuestro turno, no nos lo darán los autores del desastre ni sus cómplices, sino los mejores estudiantes, que serán los mejores profesionales y los mejores profesores que vendrán. Así ha sido antes y así seguirá siendo en la próxima etapa que ya va a venir. Así es la Historia.

Texto: Juan José Pérez Rancel, Profesor (Asociado) UCV.
Tlf. (0412) 971-5141 | jjperezrancel@gmail.com
Caracas, 14 de marzo de 2021.

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